La historia debería estudiarse siempre desde una óptica de la máxima objetividad y del máximo rigor en el uso de las fuentes. Lamentablemente, no siempre ocurre así y en muchos casos los historiadores analizan la historia sobre la base de unas ideas preconcebidas que en determinados momentos les lleva perder objetividad e incluso rigor a la hora de contarla.

Un buen ejemplo de objetividad y rigor es el libro de Fernando Alcalá «Marbella, Segunda República y Guerra Civil, crónica de una época difícil», un libro en el que el autor ya desde el principio plantea la necesidad de contar los hechos a modo de crónica y que el lector saque sus propias consecuencias, dado que el autor ya ha sacado las suyas pero se las reserva.

De esta forma, una realidad es que existen dos versiones bien distintas sobre la Segunda República: una positiva o muy positiva, y otra negativa. La versión positiva de la Segunda República considera estos 5 años una etapa democrática muy positiva por cuando se lograron importantes avances para la clase obrera frente a la clase dominante, que son los empresarios o terratenientes y la Iglesia. Frente a dicha versión positiva, existe una negativa según la cual esta etapa se caracterizó por su enorme violencia y por ser un paso previo a un Régimen Comunista, que requería una revolución, la cual fue frenada a través de una Guerra Civil.

El libro de Fernando Alcalá no se decanta por ninguna de estas versiones, pero en cambio da datos e información para que el lector se decante por una u otra versión. Ese es sin duda un ejemplo de rigor histórico y deseable se extendiese a la mayoría de historiadores.

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